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BEATIFICACIÓN TARRAGONA 2013

RETOS QUE PLANTEAN NUESTRAS MÁRTIRES

ecos que plantean nuestras mártires Los mártires de la fe del siglo XX en España, y en particular nuestras Hermanas, vivieron su fe en condiciones de un fuerte laicismo, propagación del ateísmo y hostilidad ambiental. Al verse expulsadas de su comunidades y lugares de servicio y misión, amenazadas y perseguidas, buscaron por todos los medios salvar su vida en casas y pensiones que les sirvieron como refugio. Pero la astucia del mal fue más sagaz que su buena voluntad. Y los perseguidores dieron con ellas.

  • Frente a la crispación y violencia del ambiente  fueron testigos de misericordia, bondad, perdón y reconciliación haciendo realidad las Bienaventuranzas como parte esencial del Evangelio.

  • Ante las propuestas de apostasía e infidelidad a la vocación, se manifestaron como testigos firmes de la Fe, invitándonos a confesarla con valentía y coherencia de vida cristiana uniendo de forma inseparable fe y caridad.

  • Frente al egoísmo y mercantilismo de la sociedad, vivieron la vida y la vocación en gratuidad; la recibieron como un don y la entregaron como regalo, en amor y libertad, para manifestar el amor más fuerte que la muerte, a su Maestro y Señor Jesús.

  • Ante el empeño de muchos perseguidores por hacer desaparecer a Dios de la vida de los hombres, ellas pusieron de relieve la firmeza de su Fe, la fuerza de su esperanza y la plenitud de su fidelidad al Amor, sellado con su propia sangre.

  • Frente a la superficialidad religiosa y la falta de fe en el ambiente del momento, ellas cultivaron la vida interior, dieron mucha importancia a la fidelidad en las cosas pequeñas del diario vivir y se prepararon a recibir el martirio como don y expresión de la calidad de su Fe.

  • Ante la angustia y el miedo que puede producir una muerte violenta cercana, ellas pusieron su fe en Dios, rezaron, acrecentaron su unión fraterna y celebraron la Eucaristía para tomar fuerzas, perdonar y afrontar con fe y serenidad la muerte.

  • No improvisaron la fortaleza y serenidad de la hora final. Fue un don del Espíritu Santo que pidieron y acogieron; estaban habituadas a ello porque como Hijas de la Caridad habían vivido la misión de cada día en apertura total al Espíritu Santo que guio sus vidas.